11.4.09

Demasiado Maravilloso Para Palabras

(El Lenguaje Brevemente Revisitado)
©2008, John Zerzan
©2009, Pepe Rojo por la Traducción


Hace unos cuantos años se invitó a Paul Feyerabend, el ahora difunto filósofo de la ciencia, a firmar una petición puesta en circulación por reconocidos pensadores europeos. El documento argumentaba que la sociedad necesita retroalimentación de los filósofos, pues ellos conocen y utilizan los "tesoros intelectuales" del pasado. En estos tiempos oscuros, la petición concluía, "necesitamos filosofía".
Derrida, Ricoeur y el resto de los redactores liberales del documento seguramente quedaron sorprendidos ante la reacción negativa de Feyerabend, quien argumentó que los "tesoros" de la filosofía no funcionaban como añadiduras a los modos de vida, la intención era expresar su reemplazo. "Los filósofos", explicaba, "han destruido lo que han encontrado, de la misma manera que otros portadores emblemáticos de la civilización occidental han destruido a las culturas indígenas..."1. Feyerabend se preguntaba cómo es que la racionalidad civilizada -que ha reducido una abundancia natural de vida y libertad y por lo tanto devaluado la experiencia humana- se ha tornado tan dominante. Quizá su arma principal es el pensamiento simbólico, con su ascendencia en forma de lenguaje. Quizá el camino equivocado que tomamos como especie puede ser localizado en ese hito de nuestra evolución.
"Puede observarse cómo la escritura... provoca que surja una nueva realidad," de acuerdo con Terence Hawkes, quien añade que el lenguaje "no permite una apelación unitaria y singular a una 'realidad' más allá de sí mismo. Al final, constituye su propia realidad."2 Una realidad infinitamente diversa queda capturada por un lenguaje finito; subordina toda la naturaleza a su sistema formal. Como lo expone Michael Baxandall, "Cualquier lenguaje... es una conspiración en contra de la experiencia en el sentido en que es un intento colectivo de simplificar y ordenar la experiencia en parcelas manejables"3.
Al comienzo de la dominación y la represión, al inicio de un largo proceso de agotamiento de las riquezas del mundo vivo, está una imprudente separación del flujo de la vida. Lo que antes sucedía libremente ahora está controlado, racionado, distribuido. Feyerabend se refiere al esfuerzo, particularmente de los especialistas, de "reducir la abundancia que nos rodea y que los confunde"4.
La esencia del lenguaje es el símbolo. Siempre una sustitución. Siempre una representación pálida de lo que está a la mano, de lo que se presenta directamente ante nosotros. Susanne Langer reflexionaba sobre la naturaleza misteriosa de los símbolos: "Si la palabra 'abundancia' fuera reemplazada por una pera madura, real y suculenta, pocas personas podrían atender al mero contenido de la palabra. Mientras más indiferente y estéril es el símbolo, mayor su poder semántico. Las peras son demasiado buenas como para actuar como palabras; estamos demasiado interesados en las peras en sí"5.
Para los Murngin del norte de Australia, el otorgar nombres, y cualquier otro tipo de externalización lingüística, se trata como una especie de muerte, la pérdida de una integridad original. Esto es el punto de lo que logra el lenguaje. En términos un poco más generales, Ernest Jones proponía que "sólo se simboliza lo que se reprime; sólo lo que es reprimido necesita simbolizarse"6.
Cualquier modalidad simbólica es tan sólo una manera de ver y conectar. Al regresar nuestros pasos, a la luz de lo que ha sido progresivamente des-realizado o perdido, parece probable que antes de que la dimensión simbólica dominara, las relaciones entre las personas eran más sutiles, sensuales e inmediatas. Pero esta es una noción prohibida. Ideas comunes como: "El lenguaje verbal fue quizás la mayor invención técnica(!) de la vida humana" y "El lenguaje permite a los seres humanos comunicarse y compartir los unos con los otros" niegan, increíblemente que la comunicación, el compartir y la sociedad existían antes de lo simbólico, que relativamente llegó tarde en la escala evolutiva. (Aparece estimadamente, hace 35,000 años, después de casi dos millones de años de adaptaciones humanas exitosas a la vida en la tierra). Tales formulaciones expresan perfectamente la arrogancia, el imperialismo y la ignorancia del pensamiento simbólico.
No sabemos cuándo se originó el habla; pero poco tiempo después de que la domesticación tomó ventaja sobre el forrajeo o la vida de los recolectores-cazadores, apareció la escritura. Para el 4,500 A.C., las señas en barro, los inventarios y los registros de transacciones agriculturales se extendieron por todo el Medio Oriente. Cinco mil años después, el perfeccionamiento griego al alfabeto completó la transición hacia los sistemas de escritura modernos.
La excelencia particular del humano moderno se ha convertido, por supuesto, en un dogma básico de la ideología de la civilización. Se extiende, por ejemplo, a la definición de personalidad que da Sapir, una oganización sistemática y psicológica que depende de constelaciones de símbolos.7 El medio simbólico del lenguaje se percibe ahora como una prisión que define todo, más que un triunfo liberador. Una gran parte del análisis filosófico el siglo pasado gira alrededor de esta idea, aunque difícilmente nos podemos imaginar liberarnos de él o simplemente reconocer claramente su extensa presencia e influencia. Esta es una medida de la profundidad de la lógica empobrecedora que Feyerabend intentaba entender. No es tarea fácil intentar imaginar lo que la cognición humana era anteriormente, antes de que el lenguaje y el pensamiento simbólico tomaran posesión de nuestra conciencia.
Es la gramática la que establece al lenguaje como un sistema, recordándonos que lo simbólico debe tornarse sistémico para aprehender y mantener el poder. Así es como el mundo percibido se estructura, y se procesa y reduce su abundancia. La gramática de todo lenguaje es una teoría de la experiencia, y más que eso, es una ideología. Establece reglas y límites, e impone estos lentes de graduación única a través de los cuales vemos todo. Un lenguaje se define por reglas gramaticales (que no escoge el que lo habla); la mente humana se comprende ahora como una máquina impulsada por la gramática o la sintaxis. Desde los 1700s, la naturaleza humana fue descrita como un "tejido del lenguaje"8, una muestra más de la hegemonía del lenguaje como el campo determinante de la conciencia.
El lenguaje, y el simbolismo en general, son siempre sustitutivos, e implican significaciones que no pueden ser derivadas directamente de contextos experienciales. He aquí el antiguo origen de la actual crisis generalizada del significado. El lenguaje inicia y reproduce una distinción o separación que lleva a una cada vez mayor ausencia de lugar. La resistencia a este movimiento empobrecedor debe llevar a una problematización del lenguaje. Foucault notó que el habla no es solamente "una verbalización de conflictos y sistemas de dominación, sino... el objeto mismo de los conflictos del hombre".9 Nunca desarrolló este punto, que es válido y merece nuestra atención y estudio. Las raíces de la crisis globalizante actual yacen en el rumbo que se aleja de lo inmediato; este es el sello distintivo de lo simbólico.
La civilización ha repetido esfuerzos futiles para vencer la inestabilidad y la erosión de la substancia provocada por el reino de lo simbólico. Entre los más conocidos está el intento de Descartes para cimentar a la ciencia y a la modernidad en el siglo XVII. Su famosa dualidad mente-cuerpo provee un método filosófico (basado en la supresión del cuerpo, por supuesto) que hemos sufrido desde entonces. Fundamentó la certeza del sistema mediante el lenguaje del número, como lo expresa su geometría analítica. Pero el sueño de la certidumbre ha sido constantemente revelado como otro sustituto represivo: un fundamento ilusorio sobre el cual la dominación se ha extendido en todas direcciones.
El lenguaje es conformista en el sentido más profundo; incluso la realidad objetiva cede bajo su presión. Lo tal llamado "factual" se disuelve, porque está conformado y constreñido por los límites del lenguaje. Bajo su fuerza reductiva, olvidamos que no necesitamos símbolos para estar presentes ante el sentido. La realidad de las prácticas sociales pre-lingüísticas aparece bloqueada por otros factores además de las limitaciones prácticas y empíricas del acceso al pasado. La existencia primaria ha sido condenada como irrelevante, y los modos de vida indígenas están bajo sitio por doquier, gracias a la sobrevaluación pervasiva de lo simbólico.
Sin embargo, una exploración de la vida social en la temprana época simbólica no necesita ser únicamente especulaiva, y puede revelar relaciones importantes. Sabemos por evidencia etnográfica y arqueológica que en las formas tempranas de la sociedad dividida, la inequidad se basaba principalmente en el conocimiento ritual: quién lo poseía y quién no. Lo simbólico ya debe haber sido un factor presente y determinante; ¿o por qué la inequidad no se basaba en, por ejemplo, el conocimiento de las plantas?
Bien podría ser que el lenguaje emergió del ritual, que, entre otros atributos, es una forma sustitutiva de las emociones. El proceso simbólico, disasociado de la actividad ritual aparece paralelo al del lenguaje y bien lo pudo haber generado: la expresión emocionalmente desplazada, gritos abstractos; el lenguaje como expresión ritualizada.
Desde sus orígenes, el ritual ha mistificado las relaciones de poder. Deacon ha argumentado que el lenguaje se hizo necesario para permitir los contratos en los que la sociedad depende.10 Sin embargo, es más probable que la vida social sea anterior al lenguaje. Los contratos basados en el lenguaje bien podrían haber aparecido para lidiar con un reto social, tal como el comienzo del desequilibrio y la inequidad.
En un estadío posterior, la religión fue una respuesta subsiguiente (y aún menos exitosa) ante los problemas y las tensiones en las comunidades humanas. El lenguaje fue parte central, también. La magia de palabras corre a través de la historia de las religiones; la veneración de nombres y el nombramiento es común (la historia de la vida religiosa del Antiguo Egipto es un ejemplo bien documentado)11.
Los problemas introducidos por la complejidad y la jerarquía nunca se han resuelto por medios simbólicos. Lo que se vence simbólicamente queda intacto en un plano (real) no simbólico. Lo simbólico implica una realidad esquivada; es parte del problema. La división del trabajo, por ejemplo, erosionó la interacción cara a cara y la relación íntima y directa de las personas con el mundo natural. Lo simbólico es cómplice: genera más y más mediaciones que acompañan a aquellas creadas por las prácticas sociales. La vida se fragmenta; las conexiones con la naturaleza se oscurecen y disuelven. En lugar de reparar la ruptura, el pensamiento simbólico provoca que las personas volteen en la dirección equivocada: hacia la abstracción. La "sed por la trascendencia" se inicia, ignorando la realidad desviada que provocó ese deseo en primer lugar. El lenguaje juega un papel crucial, reordenando y subordenando los sistemas naturales con los que la humanidad convivía. La cultura simbólica demanda que rechacemos nuestra "naturaleza animal" a favor de una "naturaleza humana" simbólicamente definida.
Ahora vivimos nuestras vidas en un sistema mundial que es cada vez más simbólico y descorporalizado. Incluso las economías son decisivamente simbólicas; y nos dicen que el vínculo social (lo que queda de él) es esencialmente lingüístico. El lenguaje fue una intrusión que trajo consigo una serie de transformaciones cuyo resultado es nuestra pérdida del mundo. Alguna vez, como lo dijo Freud, "todo el mundo estaba animado"12, y todos lo conocían de una manera completa, involucrada. Después, el tótem animal fue reemplazado por un dios, una señal del avance de lo simbólico. (Recuerdo que los indígenas ancianos a los que se les pide una grabación de audio o video normalmente se niegan, insistiendo en que lo que dicen debe ser comunicado en persona, cara a cara).
El lenguaje fue un poderoso instrumento para el desencanto tecnológico y social. Como todo dispositivo simbólico, fue en sí mismo un invento. Pero no establece o genera significado, que precede al lenguaje. De hecho, restringe y distorsiona el sentido, a través de las reglas de la representación simbólica -la arquitectura de la lógica del control. La domesticación siempre comparte esta orientación subyacente, que ha servido al dominio de varias maneras claves. El lenguaje tiene una cualidad estandarizante, que se desarrolla al parejo con el desarrollo tecnológico que facilita. La imprenta, por ejemplo, suprimió dialectos y otras variantes del lenguaje, creando estándares unficados para el intercambio y la comunicación. El alfabetismo siempre ha promovido el desarrollo económico, y se le ha utilizado para reforzar la cohesión que el nacionalismo y el estado-nación tanto necesitan.
El lenguaje es una fuerza productiva; como la tecnología, no se somete al control social. En la era posmoderna, tanto el lenguaje como la tecnología reinan, pero ambos muestran señas de agotamiento. Lo simbólico actualmente no refleja mucho más que el hábito del poder que lo sostiene. La conexión humana y la inmediación corporal han sido canjeadas por un sentido de realidad que se desvanece. La pobreza y la manipulación de la comunicación de masas es la versión posmoderna de la cultura. He aquí la voz de la modernidad industrial, que se convierte en ciber/digital/virtual, y que refleja su núcleo domesticado, una faceta de la producción de masas.
El lenguaje no confiere presencia; al contrario desvanece la presencia y su transparencia. Estamos "condenados a las palabras" dijo Marlene Nourbese Philip, quien provee una maravillosa metáfora de nuestros orígenes:
Dios creó primero al silencio: total, indivisible, completo. Todas las criaturas -hombre, mujer, bestia, insecto, ave y pez- vivían juntos y felices en este silencio, hasta que un día el hombre y la mujer se recostaron juntos y entre ellos crearon la primera palabra. Esto molestó a Dios profundamente y en ira, ella agitó su bolsa de palabras sobre el mundo, esparciendo y rociando su creación con ellas. Su provisión de palabras llovió sobre todas las criaturas, destruyendo eternamente la unidad que era silencio. Dios maldijo al mundo con palabras y de ahí en adelante, para siempre, sólo quedó la lucha del hombre y la mujer para regresar al silencio original13.
Dan Sperber escribió sobre una "epidemiología de las representaciones"; su metáfora patológica es adecuada. Se preguntó por qué lo simbólico se extiende como una epidemia, y por qué somos tan susceptibles ante él14, pero dejó las preguntas sin respuesta15.
En la Era de la Comunicación nuestros "materiales" simbólicos homogeneizados demuestran ser inadecuados. Nuestro aislamiento crece; lo que tenemos que comunicar disminuye. ¿Cómo es que llegamos al punto en el que el mundo y la conciencia sólo se pueden ver como compuestos y atrapados por el lenguaje? ¿El tiempo estructura el lenguaje o el lenguaje estructura el tiempo? Tantas preguntas, incluyendo la pregunta clave: ¿Cómo trascendemos, escapamos, nos libramos de lo simbólico?
No sabemos mucho del cómo, pero por lo menos sabemos algo del por qué. En el lenguaje, el número, el arte y los demás, una sustitución esencial ha sido la engañosa oferta simbólica. Esta remuneración no compensa lo perdido. Las transacciones simbólicas otorgan una dimensión árida, anti-espiritual, más fría y vacía con cada renovación del trueque. Esto no es nada nuevo; es simplemente más tristemente opresivo y obvio, más corrosivo para la vida particular, no programada, conectada. Este estado estrangulador e infeliz roba nuestra vitalidad y nos destruirá si no lo terminamos.
La representación es infiel incluso a sí misma. Geert Lovink concluyó que "ya no existe una imagen 'natural'. Toda la información ha pasado por el proceso de la digitalización. Tenemos que lidiar con el hecho de que ya no podemos creer en nuestros ojos, nuestros oídos. Todos los que han trabajado con una computadora lo saben."16 Los sentidos atrofiados y desestimados acompañan el distanciamiento y la descontextualización.
George Steiner ha anunciado un "cansancio esencial" como el clima del espíritu actual. El peso del lenguaje y lo simbólico han traído esta fatiga; las "sombras se alargan" y hay "un aire de adiós"17. Una despedida es apropiada. Un analfabetismo a la alza, canales abaratados de lo simbólico (como el e-mail), una dimensión en harapos. La Torre de Babel, que ahora se construye en el ciberespacio, nunca ha sido más alta -pero también probablemente nunca ha tenido cimientos más débiles. ¿Más fácil de derrumbar?

Traducido por Pepe Rojo a principios de 2009.
El texto original fue tomado de John Zerzan, Twilight of the machines
(Feral House: Port Townsend WA, 2008).




  1. Paul Feyerabend, Conquest of abundance: a tale of abstraction versus the richness of being (Chicago: University of Chicago Press, 1999), p. 270.
  2. Terence H. Hawkes, Structuralism and semiotics (London, Methuen, 1977), pp. 149, 26.
  3. Michael Baxandall, Giotto and the orators (Oxford, Clarendon Press, 1971), p. 44.
  4. Paul Feyerabend, Killing time (Chicago: University of Chicago Press, 1995), p. 179.
  5. Susanne K. Langer, Philosophy in a new key (Cambridege, Harvard University Press, 1942), p. 75.
  6. Ernest Jones, citado en Dan Sperber, Rethinking symbolism (Cambridge: Cambridge University Press, 1975) p.43.
  7. Edward Sapir, "The Emergence of the concept of personality in a study of cultures," Journal of Social Psychology 5, (1934), pp 408-415.
  8. Por ejemplo, Johann Gottfried Herder, Treatise on the origin of language.
  9. Michel Foucault, The archaelogy of knowledge, traducido al inglés por A.M. Sheridan Smith (New York: Pantheon, 1972), p. 216.
  10. Terrence W. Deacon, The symbolic species (Nueva York: W.W. Norton, 1997), passim.
  11. Ernst Cassirer, Language and myth (Nueva York: Dover, 1953), pp 45-49.
  12. Sigmund Freud, Moses and monotheism, The standard edition of the complete works (Londres: The Hogarth Press, 1964), p. 114.
  13. Marlene Nourbese Philip, Looking for Livingstone (Stratford, Ontario: Mercury Press, 1991), p. 11.
  14. Dan Sperber, "Anthropology and Psychology: Towards an epidemiology of representations," Man 20 (1985), pp 73-89.
  15. El aumento en la incidencia del autismo no es metafórico. El autismo como una retirada de la interacción simbólica parcee ser un terrible comentario sobre su naturaleza insatisfactoria. Puede no ser coincidencia que el autismo aparece por primera vez en la literatura médica en 1799, mientras despegaba la Revolución Industrial.
  16. Geert Lovink, Uncanny networks (Cambridge: The MIT Press: 2002), p. 260.
  17. George Steiner, Grammars of creation (New Haven: Yale University Press, 2001), p. 3.

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