©2009, Pepe Rojo
Hace ya un buen rato que aprendimos a desconfiar de las utopías. Este mundo triste en el que vivimos, lleno de colo
res artificiales, "podría ser peor", como escribe Gibson, "podría ser perfecto". Hemos construido aparatos críticos tan complejos y elaborados que es imposible no criticar. Cualquier propuesta, cualquier idea, sin importar su origen ni su validez, será inevitablemente puesta en tela de juicio, analizada y desmenuzada en cuestión de meses, bajo una infinidad de perspectivas. Hay un placer histérico en el darnos cuenta de que nada es perfecto y señalar las fallas de absolutamente todo. El solo hecho de que muchas personas estén de acuerdo con algo, y ése es el problema que comparten la democracia y el último hit musical, lo hace parecer sospechoso. Por eso todas las ideas parecen cadáveres. Nos acercamos a ellas como si fuéramos patólogos. La actividad crítica es redactar epitafios.
El futuro parece agonizante. La crisis no sólo la padece la ciencia ficción, con sus problemas para imaginarse un futuro a largo plazo, sino también cualquier habitante de la civilización occidental. Hay una dificultad generacional para imaginarse el futuro más allá de diez, veinte años; hay una conciencia general de que "no hay nada nuevo". El problema no es "¿qué le pasó a la ciencia ficción?", sino "¿qué le pasó al futuro?" Al igual que en la ciencia ficción, el futuro adquiere el matiz de la distopía. El tono apocalíptico de nuestra cultura era explicado hace diez años como un síntoma finisecular. A diez años del cambio de milenio, ese clima no parece abandonarnos. Bernardo Fernández iconiza el problema a partir de Blade Runner, indicando la dificultad para imaginarnos un futuro después de noviembre de 2019, fecha en la que inicia la película. Mientras tanto, la Organización Mundial de la Salud indica que la depresión será la segunda enfermedad más debilitante del planeta en 2020 (el primer lugar lo ocuparán las afecciones cardiacas; es inevitable leerlo literariamente, a fin de cuentas, la depresión es un problema del corazón), y el Pentágono predice que las guerras durante los próximos 100 años serán urbanas, con una creciente dificultad para diferenciar la población civil de los "enemigos". La catástrofe ecológica nos va alcanzando a plazos y jaloneos.
La crisis económica actual no parece levantar nuestros ánimos. Dice Zizek que nos resulta más fácil imaginarnos el final del mundo que el fin del capitalismo. En cierta manera, el año 2000 fue una decepción masiva. No pasó nada, ni virus Y2K, ni sectas asesinas o suicidas, ni desastres sociológicos o naturales. El éxito del cine de catástrofes, y su co-relato realista, la crisis ecológica, oscila entre nuestros deseos colectivos y nuestras realidades. Hay cierto placer en observar en nuestras pantallas y en nuestras calles cómo el mundo se deshace en pedazos. Este ambiente apocalíptico, reforzado en nuestro país por la promesa/amenaza del 2012 maya, produce tanto placer como miedo. Nuestra última utopía es el Apocalipsis.
res artificiales, "podría ser peor", como escribe Gibson, "podría ser perfecto". Hemos construido aparatos críticos tan complejos y elaborados que es imposible no criticar. Cualquier propuesta, cualquier idea, sin importar su origen ni su validez, será inevitablemente puesta en tela de juicio, analizada y desmenuzada en cuestión de meses, bajo una infinidad de perspectivas. Hay un placer histérico en el darnos cuenta de que nada es perfecto y señalar las fallas de absolutamente todo. El solo hecho de que muchas personas estén de acuerdo con algo, y ése es el problema que comparten la democracia y el último hit musical, lo hace parecer sospechoso. Por eso todas las ideas parecen cadáveres. Nos acercamos a ellas como si fuéramos patólogos. La actividad crítica es redactar epitafios.El futuro parece agonizante. La crisis no sólo la padece la ciencia ficción, con sus problemas para imaginarse un futuro a largo plazo, sino también cualquier habitante de la civilización occidental. Hay una dificultad generacional para imaginarse el futuro más allá de diez, veinte años; hay una conciencia general de que "no hay nada nuevo". El problema no es "¿qué le pasó a la ciencia ficción?", sino "¿qué le pasó al futuro?" Al igual que en la ciencia ficción, el futuro adquiere el matiz de la distopía. El tono apocalíptico de nuestra cultura era explicado hace diez años como un síntoma finisecular. A diez años del cambio de milenio, ese clima no parece abandonarnos. Bernardo Fernández iconiza el problema a partir de Blade Runner, indicando la dificultad para imaginarnos un futuro después de noviembre de 2019, fecha en la que inicia la película. Mientras tanto, la Organización Mundial de la Salud indica que la depresión será la segunda enfermedad más debilitante del planeta en 2020 (el primer lugar lo ocuparán las afecciones cardiacas; es inevitable leerlo literariamente, a fin de cuentas, la depresión es un problema del corazón), y el Pentágono predice que las guerras durante los próximos 100 años serán urbanas, con una creciente dificultad para diferenciar la población civil de los "enemigos". La catástrofe ecológica nos va alcanzando a plazos y jaloneos.
La crisis económica actual no parece levantar nuestros ánimos. Dice Zizek que nos resulta más fácil imaginarnos el final del mundo que el fin del capitalismo. En cierta manera, el año 2000 fue una decepción masiva. No pasó nada, ni virus Y2K, ni sectas asesinas o suicidas, ni desastres sociológicos o naturales. El éxito del cine de catástrofes, y su co-relato realista, la crisis ecológica, oscila entre nuestros deseos colectivos y nuestras realidades. Hay cierto placer en observar en nuestras pantallas y en nuestras calles cómo el mundo se deshace en pedazos. Este ambiente apocalíptico, reforzado en nuestro país por la promesa/amenaza del 2012 maya, produce tanto placer como miedo. Nuestra última utopía es el Apocalipsis.
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