©1997, Pepe Rojo
Piano estaba parado frente al muro, que parecía el sueño húmedo de un esquizofrénico dedicado a la decoración de exteriores. Miles, literalmente miles, de pósters y carteles competían uno contra otro. De algunos sólo quedaban pedazos indescifrables, pero estos pedazos estorbaban a los pósters que todavía estaban completos y los hacían ilegibles. Cartel sobre cartel sobre cartel, el papel cubría al edificio como una segunda piel, y si uno trataba de quitar un póster, se encontraría con otro y así sucesivamente, y quién sabe hasta dónde. Los colores de un póster se fundían con los de al lado, formando una quimera de dos dimensiones que ocupaba una cuadra completa y que llegaba hasta el tercer piso del edificio al cual, como un organismo vivo, estaba pegado. Incluso las ventanas de los departamentos parecían ser parte de la composición, y así como cualquier persona en la calle podía pasar dos o tres veces a la semana para ver qué había de nuevo, los inquilinos que se asomaban a las ventanas cuando oían que alguien colocaba una escalera para poder pegar los pósters más alto, también parecían parte del muro de tinta. Aunque poseía una unidad engañosa, "el muro", como se le conocía normalmente, era una competencia monstruosa. Cada póster tenía un mensaje que quería llegar al peatón que pasaba por ahí. Cada uno te invitaba a hacer algo, luchaba por tu atención. Si te querías enterar de lo que estaba sucediendo en la ciudad, tenías que ir al muro, tenías que pararte frente a la extraña criatura, hija de todos y esclava de nadie, y esperar que le hablara a tus ojos.
Piano estaba parado en el punto central del muro. Aún cuando se extendía por varias cuadras, aquí era donde nacía, donde la construcción y deconstrucción semiótica era más fuerte. Había quien llamaba a esta parte del muro "la matriz", y uno que otro filósofo de las alcantarillas decía que algún día el muro iba a cubrir el mundo entero. Piano estaba feliz. Muchos ayudaban al muro con sprays de pintura, con graffittis; algunos incluso lo hacían con pluma o lápiz, y podías distinguir un "Duba estuvo aquí", o números telefónicos que prometían placeres poco comunes entre póster y póster. Pero para Piano este era un día importante. Hoy había contribuido al crecimiento y sano funcionar del muro. Piano perdió la perspectiva total que le proporcionaba estar parado en la acera de enfrente y se acercó hasta llegar a un póster. Puso su mano encima. Todavía estaba húmedo. El póster era la radiografía de un cráneo, el suyo, y anunciaba, bajo el título de "Radiografía de mi alma", el nuevo disco de Los Reemplazados, una banda de punk hard-core que hacía covers ruidosos de canciones kitsch de finales del siglo pasado, pero cambiando un poco la letra original de las canciones. La consigna de Los Reemplazados era que había arquetipos de la cultura pop que llegaban a lo más profundo de tu ser, y que de la misma manera que si quitaras capas de piel del muro, llegar a lo más íntimo de tu alma era encontrar sólo basura. Por lo menos eso era lo que decía el póster de los Reemplazados. Por eso la radiografía craneal. Por eso la nostalgia encubierta de agresividad.
Piano escuchó gritos. Unos neo-skinheads estaban tratando de pegar unos pósters en la parte más alta del muro con ayuda de una escalera, pero un inquilino del cuarto piso los había escuchado y estaba empujando la escalera con un palo de escoba. Los neo-skinheads lo maldecían mientras trataban de mantener el equilibrio. Curiosamente, uno de los neo-skinheads tenían puesto, en un reproductor de audio, el nuevo disco de Los Reemplazados. Piano se hizo unos cuantos pasos hacia atrás y empezó a ver puntos negros. Piano los odiaba. Desde que era niño los puntos le anunciaban un apagón, tal como él los llamaba. Variaban de intensidad, y a veces perdía la conciencia durante días. Por eso nunca había podido conseguir un trabajo formal. Los puntos se iban haciendo cada vez más grandes, mientras en su cabeza podía escuchar claramente una sola nota repetida, como si un idiota sólo pudiera tocar una tecla en un piano. Alguna vez platicó su experiencia y desde entonces se había quedado con el apodo, Piano. Uno de los neo-skinheads cayó de la escalera gritando y no se levantó. Los Reemplazados cantaban "salió del baño de trasvestis y mi corazón saltó...". Los puntos se hacían cada vez más grandes, bloqueando casi por completo la vista de Piano, quién volteó a ver el muro: un anuncio de Insecto, una nueva línea de ropa. Corazón. Un skinhead aventó una botella hacia la ventana, que se despedazó contra él justo antes de hacer contacto con el inquilino, quien seguía empujando la escalera. Insectos. Los Reemplazados entraban al puente de la canción, donde sampleaban pedazos de música de unas antiguas caricaturas. Sampleados. El señor de la ventana logró por fin tirar la escalera. Un póster del muro le gritaba a Piano: "Destruye tu conciencia". Un skinhead cayó de una altura considerable, y su cráneo, con un sonido seco, explotó al ritmo de la música. Conciencia. Los puntos negros eran ya ahora manchas, que amenazaban con dejar sin vista a Piano.
Cuatro.
Justo antes de perderse en el color negro, el muro parecía derretirse y una frase se repetía constantemente, puntuada por la nota seca que siempre escuchaba antes de apagarse: el corazón de insectos sampleados en tu conciencia.
Lo primero que sintió Piano fue cómo su estómago parecía moverse por su propia voluntad. Acompañando a los movimientos peristálticos de su intestino, el recuerdo de una nota de piano fue reemplazado, en perfecta sincronía, por su corazón, que seguía latiendo sin importarle el estado de conciencia de Piano, quien sentía que alguien estaba tocando una batería en su cabeza. Piano se incorporó y talló sus ojos con sus manos. Esta vez había tenido suerte, reconocía el lugar donde había despertado. Una zona industrial abandonada, cerca del Deshuesadero. Hace poco había estado ahí cerca, buscando una máquina de rayos X, y el único lugar de la ciudad donde se podía encontrar tecnología obsoleta era el Deshuesadero. Ahí llegaban todos los aparatos inservibles que la civilización producía en niveles cada vez más impresionantes. Era también el único lugar en donde se podía tener acceso a tecnología barata y funcional, pues los técnicos que vivían en y del Deshuesadero se dedicaban a rehacer, inventar y deshacer maquinaria, y podían tenerte listo cualquier tipo de aparato, desde una laptop hasta, como en su caso, una máquina de rayos X, en cuestión de días. Piano miró al cielo. Si se apresuraba, podría llegar a casa de Yak, el técnico que le hizo el favor de tomarle la radiografía a su cráneo, antes del anochecer.
Normalmente, Piano no recordaba nada de sus apagones. Desde los seis años, cuando se cayó de una motocicleta en movimiento y se fracturó el cráneo, además del brazo izquierdo, en el que hasta la fecha tenía problemas de sensibilidad, tenía apagones constantemente. De hecho, los Reemplazados le habían dedicado una canción que, como ellos decían, sólo las abuelitas recordaban; el título de la canción era "Súbete a mi moto". Los apagones iban y venían. Al principio eran poco frecuentes; de hecho, Piano recordaba un periodo de cinco años en los que no había tenido ninguno. Pero desde que cumplió quince, había tenido por lo menos uno por año, y éste había sido el segundo de éste.
A veces quedaban imágenes, y algunos sonidos, que Piano asociaba con sus apagones. A veces incluso olores. Podía ir caminando por la calle y de repente, un olor invadiría su cuerpo, y su mente, descontrolada, lo reconocería; un sentimiento de déja vu del que Piano estaba seguro tenía que ver con sus apagones. Lo más molesto de los apagones era que Piano perdía control de su cuerpo. Normalmente, cuando recuperaba la conciencia, se encontraba con que su cuerpo había seguido llevando a cabo sus funciones, sin importarle detalles como cagar en un excusado o mear en un mingitorio. Normalmente, Piano se recuperaba hecho, literalmente, una mierda. Y ésta no había sido la excepción. Caminando entre montañas de deshechos metálicos, químicos y plásticos, Piano empezó a recordar. Había una casa vieja, y había computadoras. Él se sentaba frente a un monitor y desconectaba el teclado, ponía una pieza en el cable y ... nada. No podía recordar nada más. Un grito lo arrancó de sus recuerdos.
"¿Quién y a dónde?"
El Deshuesadero era un mini-estado. Los que vivían ahí lo veían como una propia nación, y aunque no lo era, legalmente hablando, la ley de la calle la reconocía como tal, y nadie podía entrar nada más porque sí. El grito venía de una montaña de metal. Piano podía ver una ventana de la cual salía una ametralladora, que bien podría haber estado en cualquier museo.
"Piano, amigo de Yak."
Se escuchó otro grito, un "déjalo pasar, es el loco de las radiografías" y un guardia, por llamarlo así, salió de su escondite para darle un pase, una tarjeta de identificación.
Pasar por la zona habitada del Deshuesadero era toda una experiencia arquitectónica. Todos los materiales eran válidos y útiles para hacer una casa. Desde esos cilindros gigantescos que se usaban como tuberías, hasta viejas casas móbiles. El uso de materiales era impresionante. Desde casas hechas completamente de plástico tratado, hasta casas hechas de metal. Lo curioso era el nivel tecnológico. En el Deshuesadero podías encontrar cualquier máquina que hiciera lo mismo exactamente, e incluso a veces mejor, que cualquier máquina hecha por una corporación. Ante el caos visual, la paranoia reinaba. En casi todas las casas había sistemas de identificación o de protección. Desde cercas-láser hasta sistemas de identificación de retina. Además, había suficientes armas en el Deshuesadero como para hacerlos una potencia a nivel mundial. Por eso nadie se metía con ellos.
Piano llegó a la casa de Yak, y no pudo dejar de sonreír. Yak la había acabado de construir hace poco, y además de todos los sistemas de protección, acerca de los cuales Yak podía hablar por horas, la arquitectura era, por así decirlo, particular. La casa, construida bajo una montaña de desperdicio, tenía la forma de un par de ojos, que parecían salir de entre los escombros de metal y plástico. Era como una de esas pinturas viejas en las que si uno se acerca, no puede distinguir más que algunos detalles, pero al alejarse, los elementos se unen para formar algo completamente nuevo. Piano se paró justo debajo de los ojos, y sabía que miles de alarmas y otros tantos monitores estaban sonando sin cesar dentro de casa de Yak, avisándole de la presencia de "intrusos". Piano sabía que ahora todo dependía de Yak. Si él estaba de humor para recibir visitas, las puertas se abrirían en cualquier momento. Y si no estaba de humor, pues bueno, a Piano no le quedaba más que una larga caminata, de más de 5 kilómetros, para poder llegar a la ciudad.
Por suerte, Yak abrió la puerta pronto. Con casi dos metros de estatura y una estructura corporal que un automóvil envidiaría, Yak le hacía honor a su nombre. En cuanto Piano entró a la casa, Yak lo abrazó, sorprendido, y como casi siempre, sonriendo.
"¡Qué bueno que llegas! Justo a tiempo, además. ¿Qué chingados es ese olor...?"
"Es una larga historia," contestó Piano,"ya te contaré".
"Bueno, urge un baño antes de conocer al Doctor". Normalmente, y en cualquier plática, Yak siempre iba uno o dos pasos adelante de todo el mundo.
"¿Quién es el Doctor?" preguntó Piano.
Yak sonrió."El Doctor es el Doctor. Médico reconocido, premiado. Cirujano distinguido. Experto en computadoras, pero, para su desgracia, adicto a varias sustancias altamente ilegales. Alguien se enteró. Lo demandaron. Meses de papeleo. Adios, licencia. Llegó al Deshuesadero hace varios años. Vive felizmente aquí. Curando gente. Viajando seguido. Un poco lento con las palabras, pero un buen tipo. En general."
Piano se bañó y bajó a conocer al Doctor. Él y Yak parecían, por lo menos a primera vista, alguna pareja arquetípica de comedia. "El Gordo y el Flaco" apareció, como un letrero de neón deslavado, en la mente de Piano.
Yak se levantó. "Piano, Doctor. Doctor, Piano. El Doctor está aquí por invitación. Tenemos un proyecto juntos. Queremos construir un cuarto orgánico. Sí, de células y huesos, de piel, aunque sea inevitale el sudor. Controlado por computadoras. Completamente funcional. La pregunta es qué pasara cuando las células lleguen al límite de Hayflick. ¿Morirá el cuarto? ¿o quizás la pregunta, si usted me permite, Doctor, es cómo nos deshacemos de ese límite?"
El Doctor miró por un instante a Piano, y, con una seriedad casi absoluta, empezó a hablar. "El límite no es el problema ni la cuestión del experimento". Piano no podía evitar mirar con asombro. Aleatoriamente, al parecer, ciertas partes del cuerpo del Doctor empezaban a moverse, como si tuvieran voluntad propia. Primero una mano, después una pierna. "Lo interesante del experimento es cómo crecerá el cuarto". Un párpado, un músculo del pecho. "Si logramos que las células se sigan reproduciendo, lo interesante será ver cómo crecen, si de acuerdo a su información genética, o de acuerdo a su nueva función, controlada por una computadora". Los músculos de la cara del Doctor empezaron a moverse, provocando gestos que no tenían nada que ver con lo que estaba diciendo. "Este es un experimento de evolución y conciencia, no de mera bio...". El Doctor volteó a ver a Piano, que lo miraba, impresionado, y levantó una mano para tocar su rostro, que no dejaba de moverse. "Disculpa Yak, pero creo que es hora de mi próxima dosis." El Doctor abrió un maletín y sacó una pequeña ampolleta. "Muchacho, cuidado con las drogas. El cuerpo de un hombre no está preparado para todas las experiencias que su mente puede tener. Ese es el único problema". El Doctor se arremangó la camisa que traía puesta, y en su brazo había un pequeño implante, donde metió la ampolleta, que inmediatamente se empezó a vaciar. Piano miraba, sin poderlo creer. "Odio las jeringas. Además, conducen toda cantidad de enfermedades que sólo se conocen por sus iniciales, pues ya no hay nombres suficientes como para bautizarlas como Dios manda". Conforme la ampolleta soltaba su contenido en el flujo sanguíneo del Doctor, los músculos de su cuerpo parecían calmarse. "Es lo único que mantiene a mi cuerpo en control," comentó el Doctor, "Es lo malo de experimentar con drogas, le hacen el amor a tu mente, pero se cogen a tu cuerpo".
Yak salió del cuarto y regresó con un póster de los Reemplazados.
"Como no habías traído ninguno, decidí mandar a que alguien lo despegara del muro," Yak le dijo a Piano, después volteó hacia el Doctor. "Doctor, le tengo una sorpresa histórica. Hace unos meses, este jovencito me pidió que reconstruyera una máquina de rayos X y le tomara una radiografía de su cabeza. Ahora usted le dirá por qué está más loco que cualquier módulo de inteligencia artificial"
El Doctor, sin expresión alguna, pues después de la droga todos sus músculos habían dejado de moverse, y ahora parecían estar congelados, tomó la radiografía. "Hace años que no veo una cosa de éstas. El muchachito no tiene nada mal, de no ser por este implante que tienen pegado al parietal, junto a una antigua fractura. Por cierto, ¿todavía tienes la máquina? Porque desde hace años quería hacer un experimento..."
Las palabras del Doctor caían como una lluvia de piedras en la mente de Piano. Implante. Empezó a recordar sus apagones. Parietal. Sentía cómo su cara cambiaba de colores y por un momento pensó que iba a tener otro apagón. Fractura. Piano se paró e interrumpió al Doctor. "¿Quiere decir que tengo algo en el cerebro que no es normal?"
El Doctor se le quedó viendo fijamente, como si estuviera pensando qué contestar. "En un momento continuamos", le dijo a Yak. Tomó el póster y señaló con el dedo una mancha transparente en el cráneo, a la altura de la oreja. "Nadie que yo conozca tiene aquí, justo atrás del oído, un pedazo de metal y de... probablemente, plástico"
"¿Qué quiere decir eso?" preguntó Piano, mientras se tocaba la oreja del lado izquierdo.
"No, no es de ese lado," corrigió el Doctor. "La radiografía muestra aquí un cuerpo extraño. Necesitaría hacer más análisis para saber qué es". El Doctor se paró de su asiento y le pidió a Piano que se sentara, mientras Yak, con una mirada de preocupación, los miraba. Los dedos del Doctor tocaban el cráneo de Piano, y se detuvieron atrás de la oreja derecha. "¿Adicto al technicolor?" preguntó, haciendo referencia a los yonquis technicolor, llamados así por cómo describían sus experiencias cuando se conectaban a las computadoras por medio de dos orificios en la base del cráneo, utilizando determinados software para hacer llegar información a los centros de placer. Piano negó con la cabeza. "Ya decía yo, este es un lugar muy poco práctico para hacer orificios de conexión", respondió el Doctor, "aunque si lo hicieron aquí, seguramente es para comunicarse con el implante".
Piano se paró nuevamente de su asiento y preguntó, controlando su voz para no gritar, "¿podría alguien explicarme qué es lo que está pasando aquí?"
"Muy sencillo," respondió el Doctor, "tienes un implante en el cerebro, y tienes unos orificios para conectarte con el implante"
Piano no sabía ni qué decir, y mucho menos qué pensar, "pero... ¿cómo? ¿por qué?"
El Doctor, sin perder la compostura, le dijo: "Pasa mañana a mi consultorio y haz una cita, yo creo que la semana que entra puedo atenderte."
Yak lo interrumpió, preocupado, "Doctor, creo que tenemos que hacer esto ahora".
"Quienquiera que hizo esto," dijo el Doctor, "hizo un excelente trabajo. De hecho hasta siento un poco de envidia. El trabajo es casi perfecto. El implante es una especie de micro-chip, por así llamarlo, conectado a ciertas zonas del cerebro, ¿cuándo dices que te pudieron hacer esto?"
"Cuando tenía seis años, estuve internado por una fractura craneal" contestó Piano, quien no sentía, ni era capaz de pensar en nada.
"Pues el trabajo es tan bueno que tu cerebro creció integrando los circuitos del microchip en el proceso, por lo que cualquier intento de extirparlo ahora seguramente causaría una lesión cerebral grave, por no decir terminal," respondió el Doctor.
"¿Y qué es lo que hace el microchip?" preguntó Yak.
"Pues no sé exactamente, pero podría apostar mis drogas de esta semana a que tiene que ver con estos apagones, o como les diga el muchachito".
Piano estaba a punto de enojarse. Ahora, más que nunca, odiaba que el Doctor ni siquiera lo llamara por su nombre. Ahora, más que nunca, odiaba sentirse como una cosa.
"¿Y cómo podemos averiguar para qué sirve?" preguntó, tratando de controlarse.
"Eso tomará más tiempo saberlo. Y más pruebas. Podríamos empezar mañana en la mañana, o sea, en unas cuantas horas" propuso el Doctor.
"No, no lo creo"dijo Piano, se puso de pie y se encaminó a la puerta.
"Espera" dijo Yak, y puso una mano en el hombro de Piano, tratando de detenerlo. Piano golpeó violentamente el brazo de Yak y, mirándolo a los ojos, logró decir "No... me... toques...".
Piano salió del consultorio del Doctor, dispuesto a caminar los cinco kilómetros hasta la ciudad.
La ciudad estaba húmeda. Había estado lloviendo esporádicamente, y un delgado filme de mugre y agua bañaba toda la ciudad, provocando que todos los anuncios de neón se reflejaran en los charcos del suelo, como un doble de la ciudad que había decidido presentarse de manera horizontal. La humedad también provocaba que todos los olores que se esconden en los rincones de la ciudad salieran a dar un paseo, como si el agua los hubiera invitado a salir, y el desfile olfativo no era, en la mayor parte de los casos, nada agradable. Piano no se daba cuenta. Llevaba casi dos horas caminando, y cuando había llegado al edificio en donde estaba su departamento, había decidido dar unas vueltas más. Sus pasos lo habían llevado de nuevo al muro. Se había parado frente a su póster, a observar detenidamente el pequeño objeto que aparecía en su cráneo, perfectamente conciente de la ironía. Hace unos días, antes del apagón, estaba feliz parado en este mismo lugar, viendo cómo, por primera vez, había logrado contribuir con algo suyo al muro; pero ahora, después de todo lo que había pasado, Piano ya no estaba seguro de lo que era suyo y lo que no, de quién hablaba cuando él abría la boca, y de a quién le gustaban las cosas que hace unos días hubiera defendido como sus preferencias. La escena parecía repetirse. Ahora eran unos retros, vestidos de polyester y camisas de franela, con zapatos de plataforma y sombreros con plumas de colores inverosímiles, los que trataban de colgar un póster. Esta vez, la interrupción no vino de parte de un inquilino del edificio, sino de la policía, que llegó con las sirenas a toda su potencia, gritando como una mujer histérica, lo que dio tiempo para que los retros salieran corriendo, sin acabar de colgar sus pósters. Piano se escondió atrás de unos botes de basura, y esperó a que los cerdos se alejaran, persiguiendo a los retros. Cuando todo se calmó, Piano se acercó a la pared y tomó un bote de spray de pintura que un retro había tirado. Sin pensarlo, empezó a escribir sobre la confusión de pósters en el muro. Cuando acabó, se alejó rápidamente, rumbo a su departamento, dejando un letrero en tinta roja que escurría como una mancha de sangre: "somos signos en busca de un sentido".
Piano se paró frente a la puerta de la casa del Doctor, que se abrió casi inmediatamente.
El Doctor, con su cara seria y sin expresión, sólo alcanzó a decir: "Te estaba esperando".
Después, siguieron los exámenes. Para Piano fue una procesión de varias horas en las que el Doctor lo pinchaba, iluminaba y scanneaba con una variedad de aparatos, unos más extraños que otros, a los que Piano no encontraba sentido. Pedazos de metal y plástico con una sola función en la vida: dar cierta información que no podían entender, hablar en un código y limitadas a un número de respuestas pre-estabecido. En los últimos días, Piano no soportaba estar cerca de cualquier máquina. El Doctor también examinó el brazo izquierdo de Piano, que casi no tenía sensibilidad. Para terminar, el Doctor trató de usar varias conexiones para insertarlas en los orificios que Piano tenía atras de su oreja. La mayor parte de ellos no producían ningún tipo de respuesta en el monitor de la computadora a la cual estaban conectados. El Doctor tenía que interrumpir los exámenes de vez en cuando pues su mano, o alguna otra parte de su anatomía empezaba a temblar. Abría un refrigerador donde tenía cientos de ampolletas, insertaba una en su antebrazo, y continuaba su trabajo. Piano estaba desesperado, pues el Doctor no empezaba ninguna conversación y respondía con monosílabos a todas sus preguntas.
De pronto, el monitor de la computadora empezó a llenarse de signos: letras, números, íconos, símbolos. La computadora borraba la pantalla para llenarla nuevamente de jeroglíficos sin ningún sentido, que aparentemente no decían nada. Piano estaba sorprendido. toda esa información estaba en su cabeza, y él no podía entender absolutamente nada. Ni siquiera tenía una pista. La computadora siguió exprimiendo la información de su cráneo, hasta que por fin, el monitor quedó en blanco.
"¿Alguna idea de qué es eso?" preguntó Piano.
"No," respondió el Doctor, "pero algo quiere decir y lo vamos a averiguar."
Dos días después, Piano recibió una llamada de Yak. Piano se había llevado una copia de toda la información que tenía en su cabeza. No había dormido, sentado en frente de los números y las letras, esperando que en algún momento todo hiciera sentido, todo cayera en su lugar. Pero el texto seguía indescifrable.
"Ya sabemos algo, aunque no todo" le dijo Yak, "todo está ligado. Tu brazo no tiene absolutamente nada, de hecho, nunca estuvo fracturado, la insensibilidad es el único daño que provocó la inserción del chip. El chip, al parecer, funciona de una manera bastante extraña; tiene cierto número de slots, y cada vez que se siguen las instrucciones de uno de ellos, éste se auto-destruye. La mala noticia es que tienes 16 slots. La buena es que sólo quedan cuatro funcionando. Uno de ellos es el que tiene la información, los otros están vacíos. La tecnología del chip es del gobierno, pero el código es desconocido. No hemos descifrado nada, a no ser por lo que creemos es una fecha, el próximo 18 de abril. El Doctor sospecha que entonces será el próximo apagón. Por lo pronto, tienes que venir al Deshuesadero antes de esa fecha. Te vamos a seguir. Te esperamos cuanto antes."
Yak colgó antes que Piano pudiera hacer cualquier pregunta.
Piano no podía creer lo que estaba viendo en el monitor. Iba caminando en la calle y de pronto, como siempre ocurría en sus apagones, se caía.
"Eso es de lo último que me acuerdo" dijo Piano.
Se levantaba casi inmediatamente, y aunque la grabación que el Doctor y Yak habían hecho no tenía audio, ya que habían decidido no arriesgarse a que alguien se diera cuenta que estaban siguiendo a Piano, podían ver como Piano le decía a los peatones que se habían detenido para ayudarlo que no había problemas, que todo estaba bien. Piano, en el monitor, empezó a caminar rápidamente, como si tuviera prisa por llegar a algún lugar.
"No recuerdo nada de eso" dijo Piano.
Piano entró a un callejón.
"No sabíamos qué hacer, si alguien te estaba vigilando y nosotros entrábamos al callejón, se hubieran dado cuenta que también te seguíamos' dijo Yak.
Piano salió del callejón con una maleta azul y se alejó caminando.
"El Doctor entró después al callejón, para ver si había alguien, pero estaba completamente vacío." dijo Yak. El Doctor asintió con la cabeza, ante la mirada de Piano, que no sabía ni qué podía creer. Para él todo esto era un acto de fe.
Piano seguía caminando, como un autómata. Sólo miraba hacia adelante. Cuadras adelante, entró a otro callejón.
"Ahí dejaste la bomba" dijo Yak, "pero cuando entré a ver qué había pasado, no sucedió nada".
"¿Cuál bomba?" preguntó Piano.
"Espera..." respondió Yak.
Piano salió del callejón y continuó caminando. Se detuvo enfrente de un edificio y miró su reloj.
"Telcor" dijo el Doctor, "la compañía más grande de telecomunicaciones". Piano seguía parado junto al edificio. Así estuvo durante varios minutos, hasta que volteó a ver su reloj y se dirigió a la puerta del edificio.
"Aquí empezaron los problemas" dijo Yak, "exactamente ahora". En el monitor, con audio ambiental, se escuchó una explosión. Todas las personas que estaban en la calle voltearon hacia el mismo lugar. Incluso la cámara, pero se alcanzó a escuchar un grito de Yak, "¡quédate con él!". La cámara corregía la toma y seguía a Piano, quien mostrando un gafete, entraba al edficio, entre el caos general que la explosión había causado.
"Nosotros intentamos entrar y los guardias no lo permitieron" dijo Yak. "Voy a cambiar el cassette, en éste ya no ocurre nada, y así te ahorras todas las ambulancias y los policías".
"¿Murió gente?" preguntó Piano.
El Doctor y Yak se voltearon a ver.
"Cuatro adultos, dos niños; quince heridos graves, dos de ellos sin esperanzas" dijo Yak.
"¿Los maté yo?" preguntó Piano.
"No, Piano, no fuíste tú" le contestó el Doctor.
Los ojos de Piano, involuntariamente, se llenaron de lágrimas. Su cuerpo y su mente estaban como siempre había tenido el brazo izquierdo. Muertos, sin sensibilidad. Lo único que podía hacer era seguir viendo el monitor.
"OK. Cuatro horas después, a la hora que salen los oficinistas, volviste a salir," dice Yak "pero ahora con otra ropa, al parecer, de un intendente del edificio. De hecho, ahí estás". Piano odiaba esto. Yak estaba prediciendo sus acciones. Como un adivino, Yak podía decir lo que Piano iba a hacer momentos antes que él saliera en el monitor. Cosas que él no recordaba haber hecho. Piano sentía que esto era una broma que todos entendían. Todos menos él.
"Aquí tenemos evidencia importante" continuó Yak. "Alguien te detiene en la calle. Alguien que parece conocerte." Un muchacho, vestido como antiguo punk, pero con una camiseta que decía "Disco lives", detiene, en el monitor, a un Piano que Piano ya no puede reconocer.
"Dabu, el vocalista de los Reemplazados" explica Piano.
"Bueno, fíjate bien," dice Yak mientras pone la imagen en pausa, "aquí parece que te pregunta por qué estás vestido así. Tú no respondes nada, aunque parece que a tu amigo le gusta tu ropa. Después empieza a preguntarte cosas. Tú apenas si respondes. De hecho, pareces ansioso por irte". En el monitor, Piano le da la mano a Dabu y se aleja caminando. Dabu se le queda viendo, y se rasca la cabeza.
"Por lo menos sabemos que actúas extrañamente en los apagones. O por lo menos sabemos que a tu amigo le pareció extraño" dijo Yak.
"Ya había oído algo así en otros apagones. Hay personas con las que me encuentro, y que después me dicen que estaba actuando de manera extraña. Yo nunca lo recuerdo" Piano toma un cigarro y lo prende.
El video continúa.
"Fíjate en esto. Aquí, tu pantalón empieza a gotear." Yak voltea a ver a Piano. "Te orinaste."
"Cero control de esfínteres. Cero conciencia social" dice el Doctor.
"Ahora, otras tres horas de espera. En una esquina, hasta que anochece" explica Yak, mientras aprieta el botón de fast-forward. "Sin expresión, sin aburrimiento. Simplemente parado en una esquina"
"Como un loco" dice Piano.
Todos se quedaron en silencio, esperando que el video acabara de adelantarse.
"Aquí vuelves a moverte". Piano voltea a ver su reloj y empieza a caminar. "Te diriges a una fiesta. Cerca de tu casa". Piano llegaba a un edificio viejo, donde mucha gente estaba esperando entrar a una fiesta que parecía privada." Una vez más, Piano buscaba en la maleta, y ahora sacaba una invitación. Los guardaespaldas de la fiesta lo dejaban pasar, después de revisar su maleta, donde al parecer, la imagen del video no era clara, sólo encontraban ropa, la ropa que Piano tenía cuando entró al edificio de Telcor.
"Otra vez problemas," continuó Yak, mientras la cámara de video mostraba la fachada del edificio de la fiesta, una casa antigua, que parecía defenderse, sin muchas posibilidades de victoria, en contra de los edificios, más modernos que la rodeaban. "Sólo dejaban entrar a la fiesta a aquellos que llevaran invitación. Así que el Doctor y yo nos tardamos un poco en conseguirla". La imagen del monitor se acabó, dejando una pantalla en azul, como un eufemismo que escondía el ruido blanco que en realidad tenía que aparecer. "Y no nos permitieron entrar con la cámara".
"Después, todo salió mal" Yak empezó a reírse. "Perdona que me ría," le dijo a Piano, "pero tienes que admitir que el Doctor en una fiesta no es algo que puedes ver todos los días". El Doctor, al parecer molesto, chasqueó sus labios. Yak continuó. "Entramos a la fiesta y no te pudimos encontrar por ningún lado, había muchísima gente Y entonces, el Doctor tuvo uno de sus ataques".
"Exceso de estímulos externos" dijo el Doctor, "había mucha gente, los juegos de luces no me dajaban ver nada y el volumen de la música era capaz de dañar a cualquier persona normal". El Doctor parecía molesto. "No lo pude evitar".
"Bueno," continuó Yak, "lo importante es que el Doctor se desplomó ahí, sin preámbulos, y su cuerpo empezó a saltar y convulsionarse, como una antiguo bailarín de break. Metí un pañuelo en su boca, fue lo único que se me ocurrió hacer, mientras la gente formaba un círculo a nuestro alrededor".
"Y entonces," continuó el Doctor, tratando de acabar con el tema, "se fue la luz".
Y ahí empezaron los problemas" siguió Yak, "pues la gente empezó a correr, buscando la salida más cercana. Apenas pude arrastrar el cuerpo del Doctor a una esquina. Cuando regresó la luz, ya estabas ahí, Piano".
Piano se quedó callado. Sus recuerdos comenzaban a partir de ese momento. De pronto, estaba en una fiesta, donde vió al Doctor tirado en el suelo, y a Yak junto a él. Pero de todo lo que le habían platicado, no recordaba absolutamente nada.
"Valiente rescate," comentó Yak, "tuviste que acabar ayudándome a sacar al Doctor". El Doctor salió del cuarto, maldiciendo inaudiblemente.
Piano no sabía ni qué pensar. Por un lado odiaba al Doctor y a Yak por conocer algo de su vida de lo que él no tenía la menor idea. Se sentía atrapado en un juego en el que él era la única pieza. Alguien los estaba moviendo, mientras el Doctor y Yak trataban de quitarle el control a esa otra persona, pero para poder controlarlo ellos. Piano era sólo un peón de un ajedrez. No podía hacer nada más que seguir, esperando que en algún momento el juego terminara.
"¿Qué sigue ahora?" preguntó.
"Ahora te volvemos a conectar a la computadora, para ver qué ha sucedido con el microchip," respondió el Doctor, "sólo que ahora habrá una pequeña variación".
A Piano no le gustaba nada la idea de que el Doctor le fuera a inyectar algo. Según el viejo, la droga que le iba a inyectar iba a mejorar su memoria, principalmente a nivel inconsciente. La lógica parecía funcionar.
"Vamos a conectarte a una computadora. Todo indica que aun cuando no tengas memoria consciente de lo que sucede en los apagones, debe quedar algún tipo de registro inconsciente. Si vamos a estimular tu cerebro para que el microchip nos dé su información, aunque no sepamos qué quiere decir, esa estimulación, unida a los efectos de la droga, probablemente te traiga recuerdos de lo que pasó cuando no estuvimos nosotros."
Pues sí, pensaba Piano, la lógica parece funcionar. Pero nada más en teoría. Piano pidió paticar a solas con Yak un momento.
"¿Cuál es el problema, Piano?" le preguntó Yak.
"No sé," dijo Piano, "pero ésta es quizás la única decisión mía que he tomado en los últimos días, así que quiero pensarla bien".
"El Doctor es de confianza. Sabe guardar secretos. Si alguien en el Deshuesadero se hubiera enterado de la tecnología que traes cargando, tu cuerpo ya estaría en un basurero y tu cabeza en un refrigerador. Aquí estás seguro. ¿A qué le tienes miedo?" volvió a preguntar Yak.
"Seamos realistas" respondió Piano, "un tipo que dice ser doctor y que ha quedado dañado de por vida por su abuso de sustancias ilegales está a punto de inyectarme una de sus drogas. Yo no quiero quedar como él".
"¿Y cuál es la diferencia entre estar como el Doctor y estar como tú estás? respondió Yak.
Piano sintió la aguja entrar a su brazo. Un pequeño piquete. No le había dolido, pero eso no impidió que su cuerpo saltara.
"Cuidado" dijo el Doctor.
Piano estaba conectado a una terminal de computadora, esperando que la droga hiciera efecto. Un tapiz de signos empezó a aparecer en el monitor. Piano no sentía nada. Justo cuando iba a decírselo al Doctor, el mundo se empezó a hacer líquido y Piano empezó a caer. Los rostros de Yak y el Doctor se alargaron, como cuando mueves el original de una copia fotostática. Se alargaron hasta perder cualquier parecido con lo que había estado viendo unos minutos antes, y se convirtieron en una textura que formaba un cilindro por el cual Piano iba cayendo. Piano trató de cerrar los ojos pero la película que se estaba proyectando en su mente seguía corriendo, sin importarle que sus párpados no dejaran pasar ninguna luz a su retina. La caída se detuvo y Piano quedó frente a un espejo, donde podía ver cómo por detrás de su oreja derecha, invertida en la imagen del espejo, empezaba a crecer un tumor que pulsaba con vida propia. Piano llevaba, por reflejo, su mano al tumor. No sentía nada atrás de su oreja, ni siquiera una inflamación de la epidermis, pero en el espejo, su reflejo estaba acariciado el tumor, que ya era tan grande como un puño y que seguía creciendo. Mientras más lo acariciaba, más crecía el tumor, hasta que explotó, manchando el espejo. Piano se acercó al espejo y se dió cuenta que era una puerta. Del otro lado sólo había oscuridad. Piano dio un paso hacia adelante.
De pronto se encontró en una oficina, donde prendía una computadora, sacaba de una maleta azul un convertidor, desconectaba el teclado, ponía el adaptador en el cable que iba al CPU, y lo conectaba atrás de su oreja izquierda. El monitor de la computadora empezó a mostrar actividad. Sobre la pantalla apareció un screen saver. Unos insectos empezaban a llenar la pantalla y invadir las orejas de Piano con su zumbido. Alargó la mano y la metió dentro del monitor, sacando uno de los insectos. Lo miró detenidamente y lo metió dentro de su oreja, fascinado ante el zumbido. Piano sonrió. El zumbido empezaba a formar una canción. Piano la reconoció. "...casi una experiencia religiosa" parecían decir los insectos, una de las canciones que los Reemplazados habían grabado pero no habían incluido en su disco. De pronto, los insectos desaparecieron de la pantalla, pero la canción seguía tocando. Ahora estaba en una fiesta donde estaban tocando la canción que había reconocido. Volteó hacia donde debía estar el monitor y Piano se encontró frente a una ventana. Junto a la ventana había uno de esos interruptores de luz viejos, de esos que todavía usan fusibles, y vio que uno de los insectos del monitor estaba mordiendo el fusible. El insecto seguía mordiendo y de pronto, todo estaba a oscuras. Piano aprovechó para salir por la ventana, donde había una escalera que empezó a subir. Llegó hasta un cuarto, de otro edificio, donde había una mesa, y una terminal de computadora, a la que se conectaba de nuevo, y entonces, todo empezaba a pasar en reversa. Piano se sacaba un insecto del oído y lo metía al monitor, donde éste se multiplicaba y volvía a llenar la pantalla.
Tres
Los insectos se alejaban y aparecía una caricatura muy muy vieja. Popeye. El marinero empezaba a decir "Yo soy lo que soy, I am what I am"; después aparecía tocando un piano, acompañando la frase que repetía una y otra vez. "Yo toco el ´piano", empezaba a decir. Yak aparecía en la caricatura, y el personaje le decía, "tú también tocas el piano, todos tocamos el piano, hágamos música bella tocando el piano". La música había cambiado. Ahora era noise, y los Reemplazados tocaban el piano en el monitor. Cantaban "Tu nombre me sabe a mierda", mientras veían a Piano, a través del monitor, quien volteaba la vista del monitor y se daba cuenta que estaba en la fiesta de nuevo, pero ahora el monitor seguía ahí, en lugar de la ventana. Todos los miembros del grupo, a quienes les faltaba el brazo derecho, se quitaban un pedazo de piel de su cráneo, y abajo aparecía el póster que había hecho Piano, y el microchip empezaba a crecer, llenando la pantalla, mientras se podía seguir escuchando "Tu nombre me sabe a mierda".
Dos
El microchip llenaba toda la pantalla, y el monitor estallaba en mil pedazos.
Piano abrió los ojos, sintió húmeda la cara y la tocó. Vio sus dedos y había sangre. Sangre en sus ojos, en su nariz, en sus orejas. Yak se acercó y le puso la mano en el hombro. "Todo está bien" le dijo. Piano alcanzó a ver el monitor al que estaba conectado. Por primera vez había algo legible: GAME OVER. El monitor estalló. Piano alcanzó a voltear el rostro y a alzar su brazo izquierdo para taparse; después, Piano se desmayó.
Un niño de unos seis años, cuyo cráneo sangraba, justo atrás de su oreja izquierda, mientras que su brazo izquierdo colgaba de su torso sin movimiento y en una posición antinatural, veía un monitor que sacaba humo, con la pantalla de cuarzo hecha añicos. El niño sonreía, y seguía con la mirada el humo que se elevaba, como una plegaria, al cielo.
"Mira," decía, señalando el humo, "es el alma de la gente que vive ahí adentro".
Piano regresó lentamente al mundo de la conciencia. Recordó, al despertar, que los ojos, cuando alguien dormido sueña, se mueven rápidamente de lado a lado, y pensó en preguntar a alguien si eso le pasaba a él, pues nunca recordaba sus sueños. Cuando abrió los ojos, se encontró a sí mismo en un cuarto desconocido. Se trató de parar, pero no lo logró. Todo el cuerpo le dolía. Poco a poco, empezó a recordar.
Yak no tardó en entrar al cuarto. Piano odiaba que lo miraran con compasión, y eso era exactamente lo que estaba haciendo Yak.
"No tenemos nada," dijo, "alguien se enteró que jugamos con el microchip en tu cabeza, y nos mandó un regalo, del cual tú eras el mensajero. El laboratorio del Doctor tardará años en regresar a su estado normal. Todos los aparatos eléctricos conectados a su CPU explotaron. Los que sobrevivieron, están desquiciados. Tú estás bien. Por un momento pensamos que te habían freído el cerebro, pero al parecer, no sucedió nada. Tu brazo absorbió lo más duro de la explosión".
Piano volteó a ver su brazo izquierdo. Había partes quemadas, y lo que no estaba quemado, estaba lleno de cicatrices. Además de no sentir nada, no lo podía mover.
"¿Dónde hay un espejo?" preguntó Piano.
Yak lo ayudó a pararse y lo llevó frente a un espejo. Piano estaba rapado. "Como pinche skinhead," pensó. En su rostro había cortadas, pero al parecer, nada grave.
"Yak," volteó Piano, "tú estabas cerca del monitor cuando explotó, ¿te pasó algo?"
Yak se volteó y se alzó la camisa. Parte de su costado y de sus glúteos estaban vendados.
"No voy a poder sentarme por unos cuantos días, pero nada más," dijo Yak, sonriendo.
El Doctor entró en ese momento. Vió a Yak enseñando sus cicatrices y se sonrojó.
"¿Interrumpo?"
"No, Doctor," dijo Yak, mientras acomodaba su camisa. "Parece que su paciente volvió al mundo real".
"¿Cuál es la situación, Doctor?" preguntó Piano.
"Mala, pésima," dijo el Doctor, "ahora no sabemos absolutamente nada. ¿Puedes mover tu brazo izquierdo?"
Piano trató, y falló. Negó con la cabeza.
El Doctor asintió. "Me lo temía. Parece que nunca más lo vas a poder utilizar. Parece que al hacer lo que hizo, y todavía no acabo de averiguar qué fue, el microchip se sobrecalentó, y mató unas neuronas más, inutilizando por completo el antebrazo. Pero ya tengo pensadas algunas opciones."
"La situación está así," continuó el Doctor, "de los cuatro slots que te quedaban, ya sólo hay dos. Parece que uno se gastó el día que te seguimos, y el otro fue utilizado para atacar el sistema, que por desgracia era el mío, con el que alguien más te estaba monitoreando. Ahora sólo quedan dos slots, y uno de ellos ya está lleno de información, que ya no podemos leer. Sólo hay otra mala noticia. Al parecer, cuando ya no hay slots para la información, el microchip se autodestruye, y eso te dejaría peor que si te hiciéramos una cirugía. Parece una medida de seguridad, para que nadie robe la tecnología del cadáver".
Piano levantó su brazo izquierdo con la mano derecha y lo dejó caer, como si fuera una cosa.
"Carne," dijo Piano, "sólo carne". Con mucho esfuerzo, logró incorporarse y se paró frente al espejo.
"Parece que el microchip está haciéndose su propio cuerpo," dijo Piano. "Yo no soy el que ya no tiene pelo, yo no soy el que ya no puede utilizar el brazo. Me tengo que hacer a la idea que yo ya no soy mi cuerpo. Yo soy el que toma las decisiones." Piano sonrió. "Y ya ni eso me queda".
Los siguientes días fueron difíciles para todos. Yak mencionó la posibilidad, ya que ninguno de ellos conocía ni lo que podía hacer el implante, ni cómo lo hacía, que alguien hubiera rastreado la computadora del Doctor. Piano vivía cada instante esperando que los puntos negros y una nota repetitiva lo invadieran, aunque sabía que su muerte ya estaba programada, y que sólo tendría que pasar por eso dos veces más.
Pero la cotidianeidad les ganó. Eso, y la inventiva del Doctor. Un día llegó con lo que él denominaba el guante. Era un antebrazo completo, hecho de piel sintética. Por adentro, era una pequeña computadora. Después de varias pruebas, el Doctor le pidió permiso a Piano para hacer una implantación quirúrgica.
"El brazo tiene dos modos de funcionamiento. El nervioso, mediante el cual tú puedes controlar ciertos movimientos, aunque sean torpes, del brazo mecánico. Eso sí, no esperes poder tronar los dedos ni hacer señas obscenas elaboradas con tu mano. El otro es el mecánico y digital, en el que puedes programarlo para hacer tareas que tampoco pueden ser complicadas, pero que no requieren de tu concentración."
"¿Cómo qué?" preguntó, curioso, Piano.
El Doctor se llevó la mano a la barbilla y se quedó pensando.
"¿Qué tipo de pregunta es ésa?" preguntó el Doctor. "No sé, como revolver el azúcar de tu café mientras piensas en otras cosas."
En los días que siguieron a la operación, que según el Doctor fue todo un éxito, Piano se empezó a preocupar por su vida fuera del Deshuesadero. El disco de los Reemplazados había sido un éxito, y todavía tenía dinero de esa chamba. Había estado viviendo de la caridad de Yak y del Doctor, pero algo tenía que hacer. Regresó a su departamento y empezó a llamar a su contactos. Poco a poco, empezó a tener trabajo. Mucha gente lo conocía, "el del póster de la radiografía" le decían.
Para Piano era difícil. El póster se había transformado en una parte viva de la ciudad. Piano sabía que eso no iba a durar mucho, pero le molestaba encontrarlo pegado en cada esquina, o cuando menos lo esperaba, en la camiseta de algún neo-punketo, o de algún post-surfo o cuasi-patineto. Era como si la ciudad estuviera empecinada en no dejarle olvidar que él no era su propio dueño. Eran como gritos, que salían de cualquier parte, de boletos para un concierto, de anuncios en el radio, de las mismas paredes de la ciudad y que le decían, a cada paso, "alguien está haciendo música contigo, Piano, alguien te está tocando", como en la alucinación que había tenido.
Poco sabían de lo que hacía el microchip. Probablemente alguien estaba usando a Piano para conseguir información clasificada. Al parecer, era alguien con contactos. Los pases que tenía, la invitación para la fiesta, indicaban mucha organización. Incluso la tecnología. Yak bromeaba que a veces le interesaba más Piano muerto que vivo, tan sólo para poder tener acceso a la tecnología que cargaba en su cabeza. Lo cierto es que su valor científico estaba a punto de expirar.
Piano trataba de olvidarse de todo eso, pero no lo podía conseguir. Su brazo mecánico era otro recordatorio constante. A veces soñaba en que su cuerpo se dispersaba, que caminaba por la ciudad y que empezaba a soplar viento, y que empezaba a desmembrarse, un brazo corría por una calle, más ligero que el viento, mientras sus orejas se iban hacia otra dirección, al igual que el resto de las partes de su cuerpo. Piano soltó la bolsa de materiales que llevaba cargando. Eso era algo que le molestaba. Cuando su brazo estaba en funcionamiento "nervioso", tal como lo había nombrado el Doctor, y Piano se distraía, el guante dejaba de funcionar y simplemente dejaba caer lo que estuviera cargando. No era algo agradable.
Piano se agachó para recoger las plumillas con las que trabajaba, y empezó a escuchar una voz, que parecía no detenerse. Alzó un poco la vista, y se encontró frente a un profeta de las banquetas. El tipo, de unos cuarenta años, llevaba años sin bañarse, si uno leía correctamente sus olores y su aspecto. Tenía un solo ojo y llevaba un parche, pero tenía esa inquietante mirada penetrante y determinada que sólo tienen los que creen saber con certeza de qué se trata el mundo; llevaba colgando un letrero que decía "El fin se acerca". Decían que este tipo particular de locos había disminuído una vez que el milenio pasado había terminado y había desmentido todas las profecías con más de lo mismo. "Un sobreviviente," pensó Piano, "igual que yo". El tipo lo ayudó a incorporarse, y, como si pudier leer los pensamientos de Piano, le dijo, "tú eres como yo, y nadie sabe que el sufrimiento es un estado de conciencia". El vagabundo lo tomó de los hombros y no lo dejaba soltarse. Piano forcejeaba, pero, al parecer, el vagabundo no pararía hasta terminar. "Pero existe la salvación, hermano," el vagabundo tomó las manos de Piano, y, por la reacción de su cara, sintió la diferencia de temperaturas en las dos manos. Sin soltarlo, el vagabundo se hizo un paso hacia atrás. "Tú no eres humano; ¿vienes del cielo o el infierno?" Piano no podía zafarse. La gente caminaba dándoles la vuelta, y en la acera de enfrente había ya varios observadores. "Pero tienes miedo, hermano. Yo te iba a pedir unos centavos y tú me pagas con esto. La respuesta está en la Biblia: si tu ojo te ofende, arráncalo". El vagabundo se quitó el parche, donde tenía la cuenca del ojo vacío. El vagabundo empezó a reírse y soltó a Piano, quien se alejó rápidamente. El vagabundo, riéndose, seguía gritándole: "¡arráncalo, arráncalo!"
Piano, después de correr varias cuadras, se detuvo en una esquina, tratando de recuperar su ritmo normal de respiración. Su brazo mecánico tenía ligeros espasmos. "La firma inconciente del Doctor," pensó. Sin darse cuenta, había llegado a una de las calles que rodeaban al muro, y aun aquí, había suficientes carteles como para demostrar la teoría de algunos: que el muro era como un virus. El brazo mecánico seguía moviéndose involuntariamente, y Piano lo desconectó. Pero no podía controlar su respiración entrecortada ni su ritmo cardiaco. Sus pulmones y su corazón tenían una agenda propia. Al igual que sus ojos. Viendo el muro, los pequeños puntos negros empezaron a aparecer, oscureciendo los pósters. Robotika Erotika, decía uno.
Uno
Un grupo de performance se anunciaba, al ritmo de la tecla de un piano: Cirugía Óptica. Arráncalo, arráncalo. Los puntos se hacían cada vez más grandes, desaparecían y volvían a aparecer, pulsando, tapando los pósters. Doctor, Doctor, mi medicina, por favor. Un cartel era un acercamiento de un dispositivo como el que el Doctor tenía en el brazo, para meter sus ampolletas. No se preocupe, Doctor, yo tengo su medicina. Una vez más, la radiografía del alma. Y más medicina. Medicina robótica. Alma robótica. Yo lo voy a cuidar. Con cirugía erótica...
Piano seguía oyendo una nota que se repetía y se repetía. pero el sonido empezó a adquirir textura, haciéndose cada vez más largo, menos limpio. La insistencia del sonido era molesta. Piano se dio cuenta que su teléfono estaba sonando. Se levantó, desconcertado. Por suerte, esta vez había terminado en su casa.
Contestó el teléfono.
"Piano".
"Sí".
"Soy Yak, tengo que verte".
"Pensaba ir al Deshuesadero hoy".
"No, ni se te ocurra. Nos vemos frente al muro, hoy, al anochecer."
Yak colgó.
Mientras se bañaba, Piano trató de recordar que había pasado en el apagón. Una vez más, no recordaba nada. Por un lado, eso lo reconfortaba. Los últimos días había decidido que simplemente tenía que dejar de pensar en los apagones, hacer como si no existieran. pero, y cada vez lo aceptaba más, desde que se enteró del microchip eso ya no era posible. Ignorarlo sería como tratar de seguir trabajando en una computadora sabiendo que tiene un virus. El problema eran las opciones. No estaban más cerca de saber quién había implantado el microchip. Lo más que habían averiguado era que los días que estuvo en el hospital, cuando tenía seis años, un grupo de Doctores, pagados por el gobierno, habían estado ocupándose de todas las cirugías mayores. Curiosamente, todos los archivos habían desaparecido. Yak había estado buscando información en la red, y no había registro alguno de lo que había pasado en el hospital. Decididamente, era un caso raro. Piano era huérfano, y el hospital se había ocupado de él. Durante años sólo había podido sentirse agradecido de que alguien se ocupara de un niño de la calle. Hasta hace poco se había enterado que había tenido que pagar con su vida por esa caridad. Además ¿de qué servía saber quién lo había hecho? El punto final es que el proceso era irreversible. Quitar el implante era suicidio. Y Piano prefería vivir su vida, aun sabiendo que a veces algo se la arrebataba, que pasar el resto de su vida como un vegetal.
Yak, puntual como siempre, lo estaba esperando, una mancha negra sobre la explosión de colores del muro. Un oscuro agujero entre la confusión de formas, como si el único color que contiene a todos lo protegiera contra la información que amenazaba devorarlo. En cuanto Yak vió a Piano, se le acercó rápidamente y le dijo "sígueme". Yak caminaba rápidamente y Piano trataba de mantener el paso. Yak se metió a un callejón, y después de checar que nadie los hubiera seguido, encaró a Piano.
"El Doctor está muerto".
"¿Cómo?" fue todo lo que Piano alcanzó a preguntar.
Yak se le quedó viendo fijamente. "OK, si quieres tecnicismos. Alguien le hizo un favor al Doctor. Le puso una ampolleta en el brazo, y después otra, y otra y otra, hasta llegar a diez. ¿Sabes para qué eran las ampolletas? Para relajar los músculos. Para que el Doctor no temblara involuntariamente. Pero la dosis que le administraron logró otras cosas. Primero el Doctor dejó de poder mover sus extremidades. Por más que lo deseaba, la conexión nerviosa entre su cerebro y sus músculos estaba inhibida. Y con las siguientes dosis, el sistema nervioso autónomo también empezó a fallar. De pronto, el buen Doctor se dio cuenta que ya no podía mover el ojo, y se quedó mirando un punto fijo en el espacio, al mismo tiempo que sus párpados dejaron de funcionar. Se quedó viendo la eternidad mientras el ojo se secaba. Después, sus pulmones empezaron a contradecirse y dejaron de jalar y expulsar aire, al mismo tiempo que el corazón, poco a poco, lentamente, dejaba de latir. El Doctor tuvo que esperar a que la sangre se estancara en su cerebro para que por fin, al igual que su cuerpo, sus pensamientos dejaran de funcionar".
El estómago de Piano no aguantó la noticia. Empezó a convulsionarse, obligando a que Piano, entre arcada y arcada, se hincara para poder vaciar el contenido que su estómago expulsaba. Volvió a preguntar, "¿Quién lo hizo?"
"Eso es para lo que vine, para que me lo expliques," contestó Yak, viéndolo fijamente.
Piano, sigiendo la línea que su vida había llevado durante los últimos meses, sólo pudo hacer otra pregunta, "¿por qué?"
"Porque el único que ha entrado a su casa en los últimos días eres tú. Hay video. Yo ya lo vi," contestó Yak.
Las piernas de Piano dejaron de funcionar, y se derrumbó. Doctor, yo tengo su medicina. Yak lo ayudó a recargarse contra la pared. Y más medicina. Los ojos de Piano, sin avisarle siquiera, empezaron a lagrimar. Arráncalo, arráncalo.
"Ayer tuve un apagón. El penúltimo".
"Me lo imaginaba," respondió Yak.
Piano ya no podía regresar al Deshuesadero. En cuanto a eso, había tenido suerte. Yak había intercedido en su favor y se había decidido negarle la entrada. Si alguien lo veía acercarse al Deshuesadero, tenía permiso para disparar. Piano preguntó si se le había puesto precio a su cabeza. Yak le contestó que ni él mismo lo sabía, pero que se tenía que cuidar.
Los siguientes días fueron de preparación. Yak llamó una vez más y Piano le pidió varias cosas como último favor. Piano sabía que si el Deshuesadero había pagado para que él muriera, seguramente Yak no tendría autorización para verlo. Sin embargo, Yak no dijo nada, y volvieron a hacer una cita.
Yak llegó puntual, con una bolsa en la mano, que inmediatamente le dio a Piano.
"Aquí está todo; es lo mejor que pude hacer, dadas las prisas" dijo Yak, mientras volteaba hacia todos lados, nervioso. "¿Cómo has estado?" preguntó.
Piano encogió los hombros.
"En el Deshuesadero han estado haciendo muchas preguntas sobre ti. De hecho, cuando salí hacia acá, estaba seguro que me estaban siguiendo, pero creo que los perdí. Cuidado Piano, cualquier día de estos le ponen un precio a tu cabeza," advirtió Yak, "¿qué vas a hacer?"
"No lo sé perfectamente todavía," contestó Piano, "pero tiene que ver con esto que me trajiste".
"¿Por qué no te vas de la ciudad y te quitas de problemas?" preguntó Yak.
"Es lo mismo. Los que metieron esto en mi cabeza saben que les debo un favor, y me lo van a exigir esté donde esté. No sé cuánto tiempo me vayan a hacer esperar, sólo pido que sea rápido," dijo Piano.
"Estoy de acuerdo," siguió Yak, "ya saben que sabes, así que sería lo más lógico. Te piden el último favor, como le dices tú, y se olvidan de ti. Hay otras opciones, ¿has pensado en avisar a los medios?"
"¿Y pasar el resto de mis días como mártir, observado por una cámara? No se resolvería nada. De todos modos no me pueden quitar el implante. O voy a acabar obedeciéndolos o voy a acabar muerto. No tengo muchas opciones, ni muchas decisiones qué tomar". Piano suspiró y volteó a ver el cielo. "Además, no hay nada peor que ser un ejemplo en vida. Convertirme en un freak de los medios y de los liberales no es muy distinto a lo que me está sucediendo ahora. No quiero que me arrebaten lo que me queda de vida."
En ese momento, empezó a llover. Yak miraba las gotas caer al piso. Piano apoyó su mano derecha en el hombro de Yak, y le dijo: "es peligroso, te tienes que ir."
Yak sacó dos tarjetas de crédito de su bolsillo. "No es mucho, pero te va a ayudar a sobrevivir".
"Gracias," le dijo Piano.
"Entonces ésta es la última vez..." dijo Yak.
"Creo que sí," le contestó Piano.
Yak lo abrazó fuertemente, y después de un "sabes dónde encontrarme, suerte", se alejó caminando, rápidamente, mientras el pavimento mojado reflejaba, distorsionándola, su voluminosa figura.
Piano tenía mucho trabajo, y su trabajo era principalmente técnico. Apenas si recordaba programación, pero recordaba lo suficiente como para poder ordenarle a su "guante" llevar a cabo ciertas tareas, algunas simples, otras más complejas. El gran problema era trabajar con una sola mano. Había desconectado el guante de su modo "nervioso", y el antebrazo izquierdo ya sólo funcionaba mecánicamente, de acuerdo a las órdenes de un CPU que había conectado a los circuitos del brazo. De esa manera, aunque tendría que llevar cargando siempre el CPU, el brazo mecánico llevaba instrucciones precisas, y algunas bastante complejas, de lo que tenía qué hacer. Al CPU había conectado un módem celular, entre otros tantos cables. Pegó un cable sobre su piel, que iba de la oreja al guante. Después, conectó todo, el CPU, el módem, las baterías y un pequeño teclado, de manera que quedara colgando de su antebrazo. Parecía que su carne había florecido, pero que los frutos eran plásticos y alambres de distintos colores y plásticos, con luces propias, que se prendían y apagaban, como en un ridículo intento de imitar a la naturaleza y llamar a los de su especie para poder aparearse, sin darse cuenta que eran una criatura estéril, y con el futuro marcado. Pero Piano lo sabía.
Piano checó y volvió a checar todo, desde las baterías del brazo, del CPU y del módem, hasta las instrucciones de los programas. Salió a gastar dinero. Primero se compró dos botellas de thinner, y después, en uno de esos tratos que se hacen en la oscuridad y como tributo al pasado, suficiente MDMA como para mantener a un puñado de viejitos raveros despiertos por semanas. Ya se había acabado una de las tarjetas que Yak le había dado, la otra la guardó para comida.
Piano volteó a ver, por última vez, su departamento. No era gran cosa pero había sido suyo. En una maleta azul había metido todo su equipo electrónico, que colgaba de los cables de su antebrazo. Apretó el return del teclado, y la primera secuencia del programa se activó. Los dedos del guante se cerraron sobre la maleta. Con la otra mano, jaló el cierre, de manera que sólo los cables quedaran a la vista. Piano tomó un ácido, y lo puso debajo de su lengua. Después, salió del departamento.
Piano vivió varios días como vagabundo. Se la pasaba casi totalmente en un estado de inconciencia gracias al MDMA. Se sentía bien. En cuanto empezaba a pensar, tomaba otro ácido y lo colocaba bajo su lengua. Pronto perdió cuenta de los días. Comía cuando tenía hambre. Dormía cuando tenía sueño. Evitaba el contacto con la gente a como diera lugar. En algún lugar de su cerebro, el último huevo que un insecto había plantado hace mucho, mucho tiempo esperaba la señal necesaria para nacer. Y Piano, aún bajo el efecto de las drogas, también la esperaba.
Mientras llegaba el día en que los puntos negros bloquearan su visión, Piano decidió que si iba a vivir como vagabundo, entonces también necesitaba una manía. Eso también lo tenía planeado. Se dedicó a modificar su póster. Cada vez que veía uno, se paraba enfrente, abría la maleta, sacaba el thinner y empezaba a trabajar. Primero empezó a borrar los límites entre la transparencia del cráneo y lo negro del fondo, de adentro hacia afuera, como si lo que había dentro del cerebro estuviera escapando la prisión del cráneo, llenando de luz el fondo negro que caracterizaba las radiografías. Así pasó varios días, de póster en póster hasta que no quedaba uno solo en su forma original. Después, aleatoriamente, empezó a añadir figuras o slogans a todos los pósters. En algunos dibujaba una araña justo donde estaba el microchip; a veces pintaba slogans que llegaban a su mente: "somos signos esperando un sentido", "si un ojo te ofende, arráncalo", "yo soy lo que soy"; en otras ocasiones, añadía algo al título del álbum: Radiografía del alma "para una cirugía erótica", o "del pasado por venir". Y la ciudad, como un organismo vivo, empezó a responder. Muchos decían que el muro cambiaba constantemente, y Piano les estaba dando una prueba fehaciente. Una vez, Piano vió a unas personas fotografiando sus pósters modificados. Unos días después, empezó a ver camisetas con la imagen de los nuevos carteles. Piano había tocado a la ciudad, y ésta había dado una respuesta, halagada por la caricia.
Piano pasaba la mayor parte de sus días observando el muro, esperando que las imágenes y las letras le hablaran. Cuando los puntos negros aparecieron, imponiéndose arbitrariamente sobre el muro, Piano sonrió. El diálogo había empezado.
Un insecto que había pintado sobre la radiografía empezó a reproducirse a una velocidad impresionante. Los insectos empezaron a morder la pared, hasta que lograron hacer un hoyo en el muro. Adentro, al principio, sólo había oscuridad. Reproducción. Sobre ese fondo, unos fantasmas empezaron a bailar.
Si alguien hubiera seguido al vagabundo que llevaba la mano metida en una maleta azul, se habría dado cuenta que algo extraño estaba sucediendo, pero, ¿quién sigue a un vagabundo?
Mordida. Los fantasmas empezaron a girar, cada vez más rápidamente, provocando una fractura en la oscuridad.
El vagabundo, que alguna vez había recibido el nombre de Piano, entró a un callejón, donde tomó otra maleta azul, con la otra mano, y empezó a caminar, hacia las afueras de la ciudad.
Por la fractura, otros insectos empezaron a aparecer. Fantasmas. Estos eran distintos, de más colores, pero también más lentos.
El sujeto de las dos maletas llegó a un coche que parecía estar abandonado, en tierra de nadie. Sin importarle los dos cadáveres que todavía conservaban el calor, tomó una laptop, y la abrió. De una maleta azul, la nueva, sacó un cable, que se conectó atrás de la oreja después de encender la computadora. En la otra maleta, el CPU que Piano había comprado empezó la segunda secuencia del programa.
Los insectos, lentamente, empezaron a caminar. Fractura. Parecía una visión de technicolor, pues los insectos cambiaban de color constantemente.
El vagabundo regresó a la ciudad, y esta vez entró a un edificio abandonado, por una ventana que estaba cerrada con candado. Encontró la llave para abrirla en la nueva maleta. Encontró otra terminal, con un monitor, en el cuarto abandonado.
Los insectos acababan su peregrinaje y regresaban al muro. Yo soy lo que soy. Entraron al póster de los Reemplazados y se acercaron al microchip.
El hombre de las maletas se sentó frente al monitor, desconectó el cable que iba al teclado, y le puso un adaptador. Se lo conectó, de nuevo, atrás de la oreja izquierda. En ese momento, el CPU de la otra maleta inició la tercera, y última, secuencia pre-programada. Y el guante empezó a moverse.
Los insectos se acercaban al microchip, que había crecido, hasta llegar al tamaño de una manzana, y se pegaban a él. Alma. Se quedaban inmóviles, y empezaban a transformarse, a convertirse en criaturas de metal.
El guante de Piano empezó a subir, lentamente, por el cuerpo del vagabundo, utilizando los botones de la camisa de poliester para apoyarse. El guante llevaba varios cables en los dedos. Siguió subiendo, siguiendo las instrucciones que había dejado Piano, quizás lo único que quedaba de él. El guante llegó al hombro, y conectó otros cables al que salía de atrás de la oreja del cuerpo que se estaba quedando sin dueño. Las pinzas mordieron el cable, dejando al descubierto sus venas de cobre. En ese instante, las baterías se prendieron, todas al mismo tiempo.
Las criaturas de metal entraron en un estado latente, convirtiéndose en capullos, pero después de un momento, empezaron a moverse.
El guante siguió inflexiblemente el último testamento, la última voluntad, de Piano. Se aferró a su cuello, y empezó a apretar. Mientras tanto, un módem empezó a transmitir toda la información, mandándola a direcciones previamente establecidas por Piano, esperando que alguien supiera qué hacer con toda la información. Antes de que el módem acabara de transmitir la información, las baterías revirtieron su corriente, provocando un cortocircuito. Los puntos débiles de la serie eran el cuerpo de Piano y la terminal de la computadora. Ambos estaban recibiendo cargas contrarias. El guante terminó de asfixiar al cuerpo de Piano, antes de que acabara de transmitir toda la información. Pero Piano seguía actuando, a través del CPU.
Los capullos metálicos dieron a luz, lanzando al aire miles de pequeñas criaturas, todas ellas hechas de metal.
Cero...
El cuerpo de Piano, que antes solía pertenecer a un ser humano, empezó a quemarse, al igual que la ropa del vagabundo.
En el muro, los insectos cortaban el papel, y el cielo se llenaba de confetti, mientras los Reemplazados cantaban otro de sus covers: "¿De quién este cuerpo, de quién?"
El humo que despedía el cuerpo de Piano buscaba escapar, junto con el humo de una terminal de computadora, del pequeño cuarto.
Un niño de seis años dijo, mientras señalaba al cielo:"Mira, es el alma de la gente que vive ahí adentro"
Piano, dondequiera que estuviese, sonrió.
22:23
La Langosta Se Ha Posteado


Posted in: 


0 comentarios:
Publicar un comentario